«Corría con su vestido de noche desgarrado y los ojos desorbitados.
Corría por un sendero del campo hacia el arroyo.
A orillas del «Perdido» , cayó de rodillas y con sus manitas secó sus lágrimas.
Era una noche de viento y oscuros nubarrones, el silencio era considerable esa noche.
¿Cuántas veces había gritado ya?
Entonces la vió,
Apenas podía divisar la imagen flotando, sobre las aguas del arroyo Perdido.
Y ésa figura la aterró con un grito de desesperanza.
Llevaba un vaporoso velo cubriéndole el rostro, y que el viento mecía, dejando al descubierto el aterrador rostro de la Angustia.
Sabía, por las leyendas escuchadas, que su visión garantiza la locura, la angustia, la desesperación y la derrota.
Quería moverse, huir de aquel lastimero gemido
Pero la observaba firmemente y en un instante lo vió todo, lo sintió todo …el dolor…
Su mirar se oscureció y la imagen se fue.
Sola, descalza, temblando y llorando, se levantó pero volvió a caer de rodillas y entonces gritó.
Su pensar se mareaba entre las olas de tantos sentires.
No podía en su cabecita ordenar los últimos aconteceres y sollozando, finalmente, se quedó dormida….»